Amanece, es día de muertos y llueve, como ha llovido todo el año. Este domingo inicia con un neumático atravesado por un tornillo. El carro inmóvil en la cochera, desbalanceado hacia un lado como un niño con dolor de muela.
En el teléfono mi mamá me dice que no puede visitar las tumbas de sus papás porque le apena ir sin flores, ambos cementerios están distanciados 20 kilómetros. La que está más lejos es mi abuela, que decidió que descansaría a medio camino entre sus hijos, en Tres Ríos, opuesta a su esposo en Heredia. Esto, que para nadie en su entorno parece de importancia, mortifica enormemente a mi mamá que le alcanza la gasolina para visitar apenas a uno de los dos.
“Cuando vivía”, le cuenta mi mamá a su hijo que la escucha en speaker desde el piso de la cochera intentando separar el aro de su encía de aluminio, “a la abuela, ya viuda, le gustaba tomar el bus de Desamparados a San José Centro, a la Iglesia de La Soledad. Tomaba el bus, caminaba algunas cuadras a la iglesia, terminaba la misa, regresaba sobre sus pasos y se subía de nuevo en el bus hacia su casa.”
El plan, me cuenta mi mamá, es ir a misa de 4pm, la de los Santos Difuntos y así conmemorar a ambos en un rito análogo. La llamada es para saber si cuenta conmigo, pues la fecha, el domingo lluvioso que anega las calles y la soledad, se transitan mejor si pasa por mi casa al Oeste de la ciudad para acompañarla. No lo sabemos ninguno de los dos, pero acabamos de descargar una simulación periódica de la realidad. Ya volveremos a esto.
Al enterarse que estoy cambiando una llanta que debo llevar a reparar antes de que sea lunes, me dice que no me preocupe, que ella puede continuar sola a la misa. Que ya pasó cerca de mi casa y que continuará hacia el Este. Le pido que si puede pase por La Castellana, que es el único lugar donde, a lo mejor, reparan llantas un domingo. “Yo le aviso”, me dice, con una indisimulada tristeza.
Prácticamente ya está instalado el repuesto y estoy subiendo la llanta ponchada cuando me llama para decirme que, en efecto, en La Castellana me la reparan, que pasó preguntando. Son las 3.30pm. Le digo: vaya a La Soledad, ma, yo arreglo la llanta y llego.
El trayecto es una línea recta, de La Sabana por Avenida 10 hasta la Bomba La Castella en el puro centro, para continuar en línea recta, tal vez la única forma sensata de atravesar la ciudad, hasta la Iglesia de La Soledad.
El camino, también, es de la única manera en la que podría ser un domingo de muertos, por las calles no hay gente y estoy seguro de que en los demás autos en la calle no viaja nadie. En La Castellana me recibe un pistero de unos 60 años, obeso, con la mirada perdida y la boca entreabierta de quién tiene problemas respiratorios. No me dice una palabra, con muecas me señala dónde estacionar, que gire la dirección para dejar las llantas rectas, me señala la llanta que considera es la que hay que cambiar. Se la lleva rodando a una especie de cueva hecha de neumáticos y se escuchan martillos y pistones.
Mientras espero, un tipo lánguido y canoso me dice que qué bueno mi carro, 1991. Que él tuvo uno igual. Le respondo lo de rigor: que salen muy buenos, no dejan botado, motor 1500, lo usual. Me dice que una vez intentaron comprarle el de él, un tipo ofrecía un precio ridículo y él se negó. El tipo lo llamó gallina por no querer vender “ahí mismo lo cerré a golpes”, me dice. Mi llanta está lista. No nos despedimos.
El gordo reparador de llantas pasa de gesto ofuscado a neutro cuando se da cuenta que le estoy pagando con propina. Desfruncir el ceño fue su forma de agradecer y yo recibo su gratitud.
Llego a la Iglesia y me indica a dónde estacionar un guarda con chaleco. Otro hombre sólo bajo la lluvia. En la entrada de la iglesia hay señoras que vinieron en bus, tal vez unos hermanos, tal vez un viudo y una madre soltera. ¿Dónde están las familias numerosas?, me pregunto.
En la mitad de la iglesia está mi mamá, sentada en una banca sola, decidió entrar para escampar del torrencial. Yo me alegro de verla y que gire sus ojos grandes porque se ven muy distintos a los ojos enfermos que cuidé el año pasado. Ella pregunta que dónde estacioné y que si me fue bien con la llanta. Bien, le digo, ni ella espera detalles ni tengo ganas de darlos.
Alguien debería comentarle al padre, al monaguillo y al del canto que el volumen de los parlantes es más alto del necesario, habemos seis almas. Luego pienso si será marketing para invitar a las pocas personas que hay en el Paseo de los Estudiantes y eso me distrajo de la Primera Lectura que era del libro de las Lamentaciones.
Completamos esta estación con el saludo de la paz y unos anuncios parroquiales que fueron un poco más largos que el Credo. Salimos y como es de esperarse no para de llover e hicimos tiempo en uno de los carros. Sígame ma, vamos a comer algo. Y en esa procesión de su carro tras el mío, en línea recta más hacia el Este, hacia San Pedro, lleno de sonidos de clutch, escobillas y direccionales sentí lo que tantos otros domingos. Sentí que cada tanto se descarga una simulación de la realidad a la que se le va la mano con la tristeza, que junta domingo con lluvia, con hambre y duelo y el rastro de basura que deja la lluvia en las aceras.
Que estábamos solos en el mundo, que se nos empaña el vidrio del carro porque de otra manera nos daríamos cuenta lo que la simulación no quiere que veamos, que no hay nadie en esas casas, en esos edificios, que la ciudad siempre está a medio reparar para simular progreso, que los carros viajan vacíos y que apenas hay unos cuentos solitarios que nos reciben y que están sumidos en su propia liturgia.
En el lugar de comida fuimos los únicos carros. Obviamente había una única cajera y las cosas ya estaban decoradas para Navidad. No recuerdo bien qué conversamos, pero notamos eso. Sobró pan para llevar a casa y de nuevo nos movimos por avenidas lluviosas de Este a Oeste, en línea recta, sobre nuestros propios pasos.
Mi mamá esperó en su carro a la entrada de mi casa y yo entré para traerle dos bolsas de café, manzanas y el pan que no nos comimos. Me agradeció y me dijo que su carro también estaba fallando. La encomendé a alguna fuerza superior que la llevara de regreso. Recordé que el Lectura del Evangelio había dicho algo respecto a que «no saben lo que hacen». Y viendo lo que entiende la simulación por Día de Muertos, no pude estar más de acuerdo.

