Lo conocí tanto como el tiempo permitió, aunque quise conocerlo mejor. No pude porque la admiración distancia a la gente, aún peor, la admiración inconsciente y unilateral pone una muralla china con guardas armados a cada 5 metros. Operábamos como ‘viejos conocidos’ y durante el lapso indiferenciado que antecedió a su muerte bajo el título de ‘viejos amigos’. El tiempo dio paso a la efusividad, que es la que me permite llamarlo por ese sustantivo. Éramos colegas, por lo tanto las valoraciones que uno tuviera del otro nunca parecieron relevantes. Nos unía y nos atormentaba lo mismo, que era más grande que nosotros, era extraño, era indómito: era el amor por el dibujo.
De las conversaciones que tuvimos realmente no rescato nada. Tengo su pausa al hablar, tengo su optimismo discreto y por lo tanto violento, tengo su extraño desorden de sintaxis brincona del vos al usted y del usted al tú, tengo su decepción pragmática que a pesar de dar la impresión de tristeza era una portentosa virtud.
Tenía un manejo muy preciso del espacio entre él y la demás gente, un modo geómetra de andar por la vida. Quise hablar de que debió ser premiado o reconocido de alguna forma, pero no puedo, ese tipo de facultades sobrenaturales por alguna razón no conocen galardón, solo puedo agregar que no había nadie más capacitado para las cosas que realmente importan, él fue su propia recompensa y su propia obra. Su mera alusión resulta una imagen visual, un holograma.
El holograma es así: metro sesenta y siete, pelo oscuro, nariz aguileña, persona de una sola pieza esbelta y taciturna que parecía estar viendo las cosas con rayos X, la distancia entre sus ojos y el objetivo parecía disparar una línea punteada en el espacio, un láser invisible que, sin saberlo, nadie obstaculizaba. Intento recordar topármelo de frente, pero seguro esa línea punteada invisible lo impedía, siempre que nos vimos nos aproximábamos en ángulos obtusos sonriendo. A los pocos meses de conocerlo le plagié la caligrafía de la R mayúscula.

En repetidas ocasiones me lo dijo de forma no-verbal y supe que hablábamos de lo mismo: “Lo mío con el dibujo es criminal. Para el crimen se necesitan cómplices, y lo mío con el dibujo es complot”. Siempre cabía la coartada de haber dibujado por razones nobles, pero eran eso, coartadas.
Lo del dibujo siempre fue aritmético. Cuanto mayor la exactitud, mayor la satisfacción. Siempre fue déspota, fue perverso, consistía en tratar de reducir al boceto todo lo inalcanzable, de robarle a la realidad lo que está negado, lo que está en el mundo para ser visto por otros. El acto mismo es insubordinado, se trata de dejar una marca en el planeta donde antes no existía, empieza en superficies adecuadas, como la hoja de papel, y termina en superficies inadecuadas como en la mente de quién la ve, de quien ya nunca lo olvida.
Se dibuja porque se puede, porque da la gana, la obligación en el dibujo solo produce aberraciones. La única responsabilidad posible es no detener el impulso, no fallarle nunca, no creer que es mal momento para empezar un rayón nuevo, no dejar un dibujo a medio palo. — Pelá el ojo con ese gesto del que tanto presumís, tené cuidado con esa elegancia que lucís, no me tiembla el pulso para apropiármelas, seguramente ya son mías, la realidad no es de quien la consume, es de quién la aprecia. Tené cuidado que el mundo es mío, y me cabe en el cuaderno-.
Los dos dibujábamos por resentimiento, pero también por determinación, porque era el único registro del mundo después de haber sido filtrado en algo así como un sistema hidráulico y combustible que algunos insisten en llamar talento, pero que no es más que la suma de ajustes y convenios que hace la mente con el mundo.
Dibujábamos porque habíamos aprendido a pensar así, porque al menos en el papel se podían arreglar ciertas imperfecciones de fábrica que tiene la realidad o porque queríamos reproducir hasta el cansancio esas imperfecciones para que fueran menos graves. Porque no importaba que tan ridículo o absurdo sea lo de afuera, siempre podía escurrir armonía de esa punta oscura de grafito Mongol, muchas veces sin esperarlo el que estaba detrás del lápiz.
La noticia de su muerte despertó entre los que lo conocieron una soledad monocromática, yo incluido. Creo que a todos nos atormentaba saber qué de sus líneas nos quedamos sin ver, qué sería ahora de la hoja en blanco, qué sería de nosotros sin su block. Entre los que lo conocían poco o nada, se despertó una vanidad imprevista, horrible y humana, la de presumir el haberlo conocido, la de, sin motivo, sentirse parte de esa fuerza natural, la de creer circular en armonía con ese trazo inimitable, yo incluido.
20 de mayo 2011
