Una aguja extrae tinta de la dermis. Al salir del estudio, el cliente está desmotivado en lugar de eufórico y le oculta a la gente su nueva piel donde antes había una ilustración.

A los 42 años iré a un taller literario donde todos tienen por lo menos un tatuaje, o no sé, muy idiota preguntar. Ya no lograré ser cool. A los 42 me habré resignado, como una victoria casi definitiva sobre mí mismo.
A los 38 años descubriré que murió Kim Jung Gi de un infarto, porque a alguien que sabe cómo dibujar en vivo decenas de puntos de fuga a la vez le aguanta el corazón hasta los 47 años.
A los 33 veré a la muchacha con la que salgo —aún más cool que la de cuando tenía 27— salir de un estudio con su nuevo tatuaje, motivadísima y eufórica, directamente a enseñar en redes su nueva ilustración, donde antes había solo piel.
A alguna gente la presión social la aplasta, a mí directamente me fulmina. A los 28 en una habitación oscura tomaré la determinación vitalicia de no ser cool. Ni intentarlo. Y creeré que es una victoria definitiva sobre mí mismo.
A los 27 explicaré a la muchacha cool con la que salgo que veo unas 500 ilustraciones a la semana y que no podría decidir sobre una sola. Me dirá que un tatuaje no se trata de eso. Y entenderé o fingiré entender eso de lo que habla. Pero soy barra brava de la impermanencia. Y trataré de explicarle que yo lo que quiero es tatuarme el movimiento de las manos de un artista cuando decide. El parpadeo de Kim Jung Gi antes de hacer una línea.
A los 24 leeré El Aleph y El péndulo de Foucault, dos textos fascinados con la necedad de encontrar un punto diminuto: uno que contenga el universo entero y otro desde el cual pretendamos explicarlo. Y me veré al espejo, demasiado mujicaláinez como para adicionar más accesorios, dentro y fuera de la piel.
A los 23 conoceré el trabajo del ilustrador Kim Jung Gi. De reojo. En una entrevista dirá que para llegar a ese nivel estudió y dibujó por años cada animal, cada artefacto, cada ser humano que pudo. Y el resto de mi vida no sabré de nadie más que pueda ilustrar de memoria hasta la última arandela de un helicóptero.
Y a los 15 me haré unos cuantos temporales con tinta china, para comprobar que no me gustan. Pero sin leer aún de puntos donde convergen pasado, presente y futuro, ni mucho menos de un genio surcoreano.
A los 10 un compañero de la escuela me delatará: le dirá a la Niña que fui yo el que le tiró un basurero lleno de papeles a otro que estaba en el baño. Y yo estaré dibujando con mi lápiz mongol y de la impresión, en un parpadeo, me clavaré la punta en el meñique de la mano derecha.
Y tendré de por vida un círculo de grafito incrustado en la piel. Un único punto. Y no sabré que será una coartada. Ni que quinientas veces por semana, cuando me pregunten, diré:
—Pero sí tengo uno, diminuto. Miren.
